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Cuando dejé de pelear con mi cuerpo

30 ago
5 min de lectura

Hubo un momento en que comprendí algo que durante mucho tiempo no había podido ver:


yo no estaba en guerra con mi cuerpo.

Estaba en guerra con la historia que había aprendido a contarme sobre él.


Durante años había mirado mi cuerpo como algo que debía corregir.


El peso que debía bajar.

La forma que debía cambiar.

La parte que debía esconder.

El dolor que debía desaparecer.

La imagen que tenía que mejorar.


Y quizá sin darme cuenta, convertí el lugar donde habito todos los días en un territorio de exigencia.


Hasta que un día apareció una pregunta distinta:


¿Y si mi cuerpo no es mi enemigo?


No para decir que todo lo que ocurre en él tiene un significado espiritual.

No para pensar que una enfermedad es un castigo.

No para responsabilizar al cuerpo de aquello que la medicina todavía está intentando comprender.


Y tampoco para decirnos que debemos “amar” cada parte de nosotros a la fuerza.


Simplemente para detener la guerra.





El cuerpo también pertenece a nuestra historia


Desde una mirada sistémica, nuestro cuerpo no aparece aislado.


Llegamos a una familia.


Recibimos una historia.


Heredamos nombres, gestos, maneras de relacionarnos, formas de protegernos, silencios y también determinadas maneras de mirar la vida.


A veces aprendimos muy pronto que el cuerpo debía ser fuerte.


O que había que aguantar.

O que mostrar cansancio era peligroso.

O que había que agradar.

O que había que esconderse.

O quizá aprendimos que nuestro valor estaba relacionado con nuestra apariencia, nuestro rendimiento o nuestra capacidad de cuidar a los demás.


No significa que todo eso esté “grabado” literalmente en el cuerpo.


Significa algo más sencillo y profundo:


aprendemos a habitar nuestro cuerpo a través de la historia que vivimos.


Y esa historia puede cambiar.


Tal vez el cuerpo no te está pidiendo que lo entiendas


Esta es una de las partes que más me conmueve.


A veces queremos interpretar cada sensación.


Cada dolor.

Cada cambio.

Cada síntoma.


Queremos encontrar rápidamente una explicación.


Pero quizá hay momentos en los que el cuerpo no necesita una interpretación.


Necesita atención.

Necesita descanso.

Necesita cuidado.

Necesita una revisión médica cuando corresponde.

Necesita movimiento.

Necesita alimento.

Necesita límites.

Necesita que dejemos de hablarle como si fuera un problema que tenemos que solucionar.


Porque escuchar al cuerpo no significa obedecer cada sensación.


Significa aprender a relacionarnos con él sin convertirlo inmediatamente en enemigo, juez o culpable.

Desde la biodescodificación, una pregunta puede ser suficiente


En lugar de preguntarnos:


“¿Qué está mal en mí?”


podemos comenzar a preguntar:


“¿Qué estaba viviendo yo cuando comencé a relacionarme de esta manera con mi cuerpo?”


No para encontrar culpables.

No para fabricar explicaciones.

No para afirmar que una emoción produjo determinada enfermedad.


Sino para abrir una puerta hacia nuestra propia historia.


¿Qué estaba pasando en mi vida?

¿Qué necesitaba y no sabía pedir?

¿Qué estaba soportando?

¿Qué aprendí sobre mi cuerpo?

¿De quién aprendí a juzgarme?

¿Qué significado le di a mi apariencia?

¿En qué momento dejé de sentir mi cuerpo y comencé solamente a mirarlo?


A veces una pregunta no resuelve nada.


Pero cambia el lugar desde donde comenzamos a mirarnos.


Y eso ya es un comienzo.


Y desde lo espiritual...


Quizá hemos pasado tanto tiempo intentando cambiar nuestro cuerpo que olvidamos algo esencial:


no vinimos a esta vida solamente a tener un cuerpo que nos guste.


Vinimos a vivir dentro de él.


A través de él conocemos el abrazo.


El cansancio.

El placer.

La tristeza.

El movimiento.

La respiración.

La presencia.

El contacto.


La experiencia de estar aquí.


El cuerpo no es solamente una imagen.


Es el lugar desde donde experimentamos nuestra existencia.


Y quizá por eso la reconciliación no comienza diciendo:


“Me encanta mi cuerpo”.


Puede comenzar con algo mucho más humilde:


“Estoy aquí contigo.”


Cuando dejé de pelear


No ocurrió de un día para otro.

No desaparecieron todas mis inseguridades.

No dejé de tener días en los que algo de mí no me gustaba.


Pero comenzó a cambiar algo.


Dejé de preguntarme únicamente:


“¿Cómo hago para que mi cuerpo cambie?”


Y empecé a preguntarme:


“¿Cómo puedo acompañar al cuerpo que hoy tengo?”


Eso cambió la conversación.


Porque acompañar es diferente de controlar.


Escuchar es diferente de obedecer.


Cuidar es diferente de corregir.


Y agradecer no significa negar el dolor.


Significa reconocer que, incluso en los días difíciles, este cuerpo ha estado conmigo.


Ha respirado mientras yo no sabía qué hacer.

Ha continuado mientras atravesaba pérdidas.

Ha sostenido mis pasos.

Ha sentido por mí cuando yo estaba demasiado ocupada para sentir.

Y ha llegado hasta aquí.


Quizá hoy no necesitas reconciliarte con todo tu cuerpo


Quizá solamente necesitas dejar de atacarlo por un momento.


Mirarlo con un poco menos de juicio.


Poner una mano sobre él.


Respirar.


Y decir:


“No sé todavía todo lo que has vivido conmigo.

No sé todo lo que has intentado sostener.

Pero ya no quiero estar en guerra contigo.”


Tal vez eso sea suficiente por hoy.


Porque la paz con el cuerpo no siempre comienza cuando nos gusta lo que vemos en el espejo.


A veces comienza mucho antes.


Cuando dejamos de mirarnos como algo que debe ser arreglado.


Gracias, cuerpo


Gracias por acompañarme incluso cuando yo no sabía acompañarte.

Gracias por sostener mis días buenos y mis días difíciles.

Gracias por avisarme cuando algo necesitaba atención.

Gracias por llevarme hasta aquí.


Hoy no quiero exigirte que seas diferente para poder quererte.


Quiero aprender a escucharte.


A cuidarte.

A respetar tus límites.

A pedir ayuda cuando la necesites.


Y también a recordar que tú no eres toda mi historia.


Eres el territorio desde donde sigo escribiéndola.


Y quizá esta sea mi nueva manera de despedirme de la guerra:


No te prometo que nunca volveré a juzgarte.

Te prometo que, cuando lo haga, intentaré volver a ti con más conciencia y menos violencia.


Gracias, cuerpo.

Por quedarte.

Por sostenerme.

Por traerme hasta este momento.


Hoy elijo dejar de pelear contigo.

Y comenzar, poco a poco, a habitarte.


Gracias por tomarte esta pausa.


Gracias por regalarte este espacio para mirar hacia dentro, sin exigirte respuestas y sin tener que cambiar nada en este momento.


Quizá hoy solo necesitabas recordar algo:


tu cuerpo no es un enemigo que tienes que vencer.


Es el lugar que te ha acompañado en cada paso de tu historia.


Tómate un momento.


No porque todo haya sido fácil.


Sino porque, a pesar de todo, sigues aquí.


Gracias por estar presente en este momento.


Gracias por permitirte escucharte con un poco más de amor.


Y gracias, cuerpo, por acompañarme incluso en los días en que todavía no sabía cómo acompañarte yo.


Hasta nuestra próxima pausa. 🌿


Patricia Ciriaco Hernández

Terapeuta Integral y del Alma

 
 
 

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